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miércoles, octubre 17, 2007

HARKA

Es sabido que cuando un nutrido grupo de arrapiezos se junta para cometer diversas fechorías de mayor o menor gravedad, asolando áridos y pedregosos andurriales campestres, sus hazañas no pasan inadvertidas para las lenguas viperinas de los núcleos rurales.Por efecto de su amplio vozarrón y su no menos extensa red de contactos, actos inconscientes se magnifican para cobrar, a través de su altisonante imprecación, categoría de las más infamantes ofensas, merecedoras de un riguroso castigo que siempre estimarán insuficiente.

Más de una vez he escuchado en sus parlamentos una palabra a la que nunca presté excesiva atención, y que ahora refresca mi memoria, para denominar a ese grupúsculo de mozalbetes retozones causantes de malévolas hazañas.Fuera de aquel contexto pueblerino jamás volví a oir mencionar jarca ni intenté indagar acerca de la etimología y significado de la tal voz.Casualmente, leyendo El Nombre de los nuestros de Lorenzo Silva he encontrado la explicación que nunca solicité en mi infancia sobre el término tantas veces escuchado.

Resulta que la harka fue, en tiempos de las infaustas campañas en el norte de Marruecos del maltrecho ejército español de principios del siglo XX, una partida de combatientes indígenas, llámense moros, rifeños o marroquíes, de organización irregular y un tanto caótica que sembraron el terror entre los sufridos soldaditos de Alfonso XIII por su extrema y truculenta crueldad para con los vencidos.Mentar la harka en los desguarnecidos fortines, campamentos o puestos avanzados suponía un generalizado desasosiego entre la tropa que conocía de sobra los expeditivos métodos que empleaban los moros cuando un prisionero caía en sus manos.Por mucho que se pueda establecer una analogía entre la milicia norteafricana y la muchachada de un pueblo de provincias, una jarca nunca llegó a los siniestros extremos de su homónima marroquí.Se cuenta que a algunos prisioneros les abrían el vientre y dejaban que sus intestinos cayeran hasta el suelo, donde procedían a aberraciones tales como pisarlos o atarlos a las muñecas de sus propietarios.Incluso cercenaban de un tajo con sus afiladas gumías genitales que luego introducían al castrado por su boca.Se cuentan mil y una maldades sumamente desagradables para un oído europeo.Pero lo cierto es que aquellos renegridos musulmanes defendían su tierra de un invasor puesto allí por obra y gracia de algún descocado y grandilocuente políticucho soñador de pasadas glorias que nunca pensó empuñar uno de aquellos vetustos Mauser que repartían entre las levas obligatorias para cumplir con su parte en la noble empresa de llevar la civilización allá donde se estimaba lícito.Pobres marionetas, moviéndose al son de la chirimía y bailando al filo de la gumía.Siempre seremos los mismos.

Saludos.

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