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miércoles, junio 07, 2006

EPÍSTOLA

Sonoro vocablo cuyo eco nos retrotrae a lejanos paisajes de la memoria y de tiempos pretéritos, tiempos mejores tal y como versaba nuestro admirado Jorge Manrique allá por el siglo XV en su más apoteósica y desgarradora composición:

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Sin duda, el malogrado poeta castellano debió manejarse a su antojo en el género epistolar, entendido como nuestra actual correspondencia postal, dentro de una convulsa realidad social como la que vivió, presidida por una inseguridad permanente más allá de los difusos límites de los poblados.Nunca se abrigaba una desmedida confianza en la seguridad de la recepción de la misiva por parte del destinatario.Asimismo se desconocía la demora que acarrearía la tortuosa singladura del pliego lacrado.A pesar de todos los inconvenientes, se han forjado excelentes escritos dentro del género epistolar que pueden considerarse venerables obras de arte.

Si apelamos a nuestro socorrido diccionario de la R.A.E., sempiterno canon, obtenemos la siguiente definición de epístola:

epístola.
(Del lat. epistŏla, y este del gr. ἐπιστολή).
1. f. Carta o misiva que se escribe a alguien.
2. f. Parte de la misa, anterior al evangelio, en la que se lee o se canta algún pasaje de las epístolas canónicas.
3. (Porque el principal ministerio del subdiácono era cantar la epístola en la misa). f. Orden sacra del subdiácono.
4. Composición poética en que el autor se dirige o finge dirigirse a una persona real o imaginaria, y cuyo fin suele ser moralizar, instruir o satirizar. En castellano se escribe generalmente en tercetos o en verso libre.

Supongo que la cuarta acepción es la versión más aproximada al significado que una buena parte de todos aquellos educados y socializados en la doctrina cristiana tenemos sobre esta vigorizante palabra.San Pablo o Paulo de Tarso, como gusten, acostumbraba a lanzar sus moderadas soflamas catolizantes en forma de epístolas dirigidas a todas aquellas gentilidades que conocemos a través de las Sagradas Escrituras.Filipenses, Gálatas, Tesalonicenses, Corintios, Romanos, Efesios fueron objeto de sus meditadas reflexiones vertidas al papiro.Parece ser que su intensa labor de proselitismo cundió entre sus acólitos, extendiendo sus enseñanzas y su cuerpo doctrinal por todos los puntos cardinales conocidos.Nunca pudo imaginar el judío converso la verdadera dimensión del edificio que él contribuyó a erigir de tan excéntrica manera.Nada menos que la Iglesia Católica Apostólica Romana.Por cierto, me pregunto si esas cabezas tocadas del capelo cardenalicio y demás miembros distinguidos de la jerarquía eclesiástica que componen la élite dirigente de unos cuantos cientos de millones de creyentes a lo largo y ancho del planeta, se han parado a pensar la desmesurada importancia que unas simples misivas pueden haber desempeñado en el desarrollo y el florecimiento de su sacrosanta institución.Sinceramente, estimo que San Pablo debería sustituir al Espíritu Santo, esa absurda invención, dentro de la todavía más absurda Trinidad como parte integrante de la corporación trascendental católica.Incluso, por sus generosos servicios, debería poseer el 51 % de las acciones bursátiles.¿Alguien da más?.

Saludos.

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2 Comments:

Blogger xixe said...

El epístolar es un todo un género literario. Leer " El País de las ü
Ultimas Cosas " de Paul Auster. Saludos.

7:05 p. m., junio 07, 2006  
Blogger Galufante said...

xixe:

Saliendo de tan ilulstre pluma, no dudo de la calidad apistolar de Auster..

Agur.

12:01 p. m., junio 08, 2006  

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