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martes, abril 25, 2006

ARCO DE MEDINACELI

Una interminable cinta pavimentada se pierde en el horizonte mientras un sufrido esclavo se afana en dirigir las riendas de un desfallecido caballo que tira furiosamente de un carro repleto de valiosas mercaderías cuyo destino inmediato son las tabernae de la ciudad de Bílbilis.Conductor y bestia salieron de la ribereña Complutum hace ya dos días, cuando rayaba el alba.Y se aproximan a la ciudadela fortificada de Ocilis, donde el empleado, servidor de un adinerado potentado complutense, espera poder llegar antes de que el ocaso cubra de tinieblas el árido paisaje que le circunda por todas partes.Apenas acaban de superar una pequeña loma cuando, en la cima de un lejano cerro y asomada al balcón natural que preside el valle del Jalón, consiguen divisar la imponente silueta de la singular arcada que constituye la puerta de acceso al recinto amurallado.Se amontonan los pensamientos en la mente del esclavo.Parece que podrá traspasar el pórtico del castro antes de que el astro rey entregue el acostumbrado testigo a la esquiva luna para disfrutar de un merecido jergón de paja en el que reposar y atenuar los rigores del constante traqueteo del carro en la calzada y de un cálido cuenco de gachas de avena y un buen pedazo de reconfortante tocino para aliviar el insaciable apetito fraguado durante la ardua jornada.Un legítimo deseo empañado por otra oscura reflexión que le aflige el alma.Porque esa monumental arcada que se levanta desafiante en lo más alto del horizonte simboliza el omnímodo poderío romano sobre un mundo conocido del cual forma parte ineludiblemente.La grandeza de la obra romana no sólo se intuye, sino que se materializa.Se pregunta por cuanto tiempo seguirá sirviendo al aristócrata complutense.Pero no desea conocer la respuesta.

Han pasado casi 2000 años, finales del siglo I d.C durante el imperio de Domiciano, desde que se erigió el monumental arco de entrada a la ciudadela de la moderna Medinaceli que sigue coronando el paso por el valle del Jalón.Las sensaciones que se perciben por parte del viajero siguen siendo similares a las que pudo experimentar un sojuzgado esclavo.El esplendor constructivo romano ha perdurado hasta nuestros días, para nuestro regocijo y admiración.

El arco en sí está compuesto por 3 vanos que sirven como puertas de acceso al poblado, por el central, mucho más ancho que los restantes, se habilita el paso de carros y animales, por los laterales se permite el paso de los peatones.El paso del tiempo se ha cebado en la presumible decoración que debió revestir el arco, que hoy se conserva deteriorado por la erosión del agua y de un racheado viento que azota inmisericorde la cima de la colina en la que se ubica el arco y la ciudad.Parece que el arco portaba, en su parte superior, una inscripción conmemorativa realizada con letras de bronce clavadas en los sillares que lógicamente se ha perdido, pero de la que existen huellas fehacientes en forma de pequeños agujeros que taladran las piedras del fronstispicio.Un sagaz investigador húngaro, el profesor Géza Alföldy, junto con un destacado arqueólogo español, D. José Manuel Abascal Palazón, acometieron hace unos años la apasionante labor de conseguir traducir a grafías latinas esos apenas perceptibles agujeritos.Como fruto de sus indagaciones, aparecieron estas dos lineas, una para cada fachada del arco:

Numini Augusto Sacrum

Numini Imperatoris Domitiani Augusti Germanici

Un concienzudo estudio que confirma el reinado del último de los emperadores flavios durante la erección del monumento.Roma sigue pareciendo grandiosa, sublime, poderosa a la vista de las numerosas obras arquitectónicas que todavía permanecen como símbolos imperecederos del legado de los hijos del Tíber.Aunque, puestos a elegir, optaría por la contemplación serena y despreocupada de la que gozamos en la actualidad.Supongo que la vida de un esclavo romano no debía ser nada fácil.

Derrengados por la tortuosa subida hacia Ocilis, caballo, carro y esclavo consiguen plantarse ante la colosal arcada antes de que el diáfano día ceda el testigo a la negra noche.En el resol del poniente, unas bruñidas letras en lo más alto del arco refulgen cual inflamadas llamas. El fatigado esclavo entorna sus ojos dirigiendo su mirada hacia esos extraños signos metálicos que no acierta a entender.Un resignado suspiro brota de su reseca garganta, enjuga el sudor de su frente con el dorso de su mano derecha, liberada por un instante de las riendas del jamelgo, y se dispone a traspasar el umbral.Mañana será otro día.

Saludos.

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4 Comments:

Blogger Lula Towanda said...

Me imagino un carro romano titado por mulas subiendo hacia Medinaceli y me dan sudores.
Cuando vi el arco en ese lugar, me pregunte ¿que hace esto aquí? Solo el derroche del poder de Roma puede explicarlo.
A veces da gusto ver el resultado del despliegue de poderío. Veremos como quedan las obras del faraón madrileño.

10:28 a. m., abril 25, 2006  
Blogger Galufante said...

Lula:

Eso es precisamente lo que se quería transmitir mediante semejante despliegue arquitectónico en un lugar tan recóndito como lo pueda ser el corazón de la Celtiberia...
A nadie le gusta tener su ciudad patas arriba, pero más vale hacer las cosas de golpe y bien hechas que andar remendando y trampeando lo que se ha hecho antes...Ten por seguro que quedarán muy bien...para que los madrileños puedan dar rienda suelta al acelerador...

Agur.

12:17 p. m., abril 25, 2006  
Anonymous Ana said...

Pues más vale que puedan dar rienda suelta al acelerador para desahogarse de los atascos que llevan sufriendo más de un año.
Con lo simpáticos que suelen ser, no veas qué leche se gastan últimamente!
Un beso.

7:22 p. m., abril 25, 2006  
Blogger Galufante said...

Ana:

Los atascos que vienen sufriendo los madrileños existen desde que yo tengo memoria laboral...Así que me parece que volcar íntegramente la culpa de los atascos sobre el estado de las obras me parece surrealista...Seguramente, despues de que finalicen se acabarán los atascos en Madrid...y yo voy, y me lo creo...como dice Shrek...

Agur.

7:13 a. m., abril 26, 2006  

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