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viernes, marzo 24, 2006

LISBOA

Arrasada casi completamente por el fatídico terremoto de 1755, la capital lisboeta fue reconstruida obedeciendo cánones neoclásicos impulsados por el poderoso marqués de Pombal, siendo ésta la estampa que luce actualmente la heredera natural de la remota fundación lusitana de Olisipo.Una coqueta ciudad que ha asistido desde una posición puntera al esplendor de la época dorada de los descubrimientos portugueses repleta de épicos nombres como Vasco de Gama, Cabral, Bartolomé Dias o Alfonso de Alburquerque.

Viniendo desde el ocaso, La torre de Belem es mudo testigo de gloriosas gestas emprendidas por intrépidos marinos desafiando las nefastas premoniciones que presagiaban siniestros agoreros.Desde su privilegiada atalaya, asomada al balcón natural del estuario del Tajo, este exigüo fortín contempla el pausado vaivén del cauce causado por el invisible abrazo de la espina dorsal ibérica con el inabarcable Atlántico.

Anexa a la citada torre se halla el monumental Mosteiro dos Jerónimos, una innovadora obra realizada en estilo manuelino, en honor a su impulsor, el rey Manuel I de Portugal, convertido en regio Panteón de ilustres personalidades del país vecino, desde Vasco de Gama hasta Luis de Camoens.

Siguiendo la plácida margen fluvial, buscando el distante oriente, despues de pasar por debajo del mastodóntico puente del 25 de abril, obra suprema de ingeniería, se accede al barrio Alto, paraíso del fado, la esencia portuguesa por naturaleza, heredera de ese sentimiento trágico de la vida tan familiar al alma ibérica.Las callejas rezuman saudade por cada uno de sus empedrados pavimentos, destilando una íntima calidez que cautiva al viajero, mecido por la suave brisa que asciende desde el Tajo portadora de un fragante aroma de geranios y claveles, esos claveles que devuelven orgullosamente ecos de libertad.

Bajando por el elevador de Santa Justa, se alcanza la Baixa, el centro neurálgico lisboeta enmarcado por una disposición cuadricular diseñada por el celebérrimo marqués de Pombal despues de la tragedia que supuso el terremoto de 1755.La Praça do Comercio es el corazón de la Baixa, desde donde se puede subir hasta el Rossio para admirar la barroca belleza de su original portada delineando una singular herradura y hacer un breve inciso para saborear adecuadamente un genuino café lisboeta en cualquiera de los múltiples establecimientos que pueblan la Baixa.

Una vez asentado el estómago y reconfortado el ánimo, siguiendo hacia el este, la alfama se presenta abigarrada, sus estrechas callejuelas empedradas se agarran con uñas y dientes a la falda del cerro coronado por el castillo de San Jorge, se empinan impasibles ante la adusta expresión del viajero que comienza a sufrir los rigores del exceso de calorías.Un añejo tranvía se desliza apaciblemente buscando la meta del castillo, excelso mirador sobre el panorama lisboeta, que se alza lozano en la cúspide de la vertiginosa colina.La recompensa por el brutal esfuerzo invertido es acorde al mismo, merece plenamente la pena.

Lisboa, innegablemente, equivale a Portugal.Una esencia lusa que se palpa permanentemente, desde Belem hasta San Jorge, saudade, fado, señorial decrepitud, orgullosa humildad.Una vez no pude evitar sentirme fascinado por el encanto de la capital lusa.Espero ansioso que haya una segunda vez.

Saludos.

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3 Comments:

Blogger Lostie said...

Para mí Lisboa es sinónimo de melancolía.
Tengo ganas de volver, la verdad.
Besos

9:15 a. m., marzo 24, 2006  
Blogger Groutxo said...

para allí marcho el próximo fin de semana.

Me encata esa ciudad.

5:25 p. m., marzo 24, 2006  
Blogger Galufante said...

Lostie:

Sí, creo que es algo que se puede identificar perfectamente con el escenario lisboeta...

Groutxo:

Supongo que vas a las carreras, no? Espero una crónica detallada sobre los encantos lisboetas...Si lo tienes a bien...

Agur.

7:12 a. m., marzo 27, 2006  

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