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domingo, febrero 25, 2007

TAUROMAQUIA

Una fragorosa controversia se plantea cuando sobre el tapete aparece un tema de conversación tan candente como lo es el arte de cúchares, una honda tradición hispana que goza de tantos furibundos detractores como de irreductibles partidarios.Lo que para unos es considerado como una particular faceta artística, para otros no deja de ser una muestra sangrante de una ritualización institucionalizada de tortura animal.Lo que es seguro es que a nadie deja frío la mención del toreo.

Prescindamos ahora de la polémica y busquemos los orígenes de tan arraigada costumbre milenaria sobre el solar patrio.Y para indagar acerca de sus nebulosas raices, es preciso retroceder en la escala temporal hasta alcanzar una remota época histórica en torno al siglo X a.C.En aquel tiempo, el Sudoeste de la península ibérica era una región parcialmente colonizada por fenicios de Tiro, fundadores de la vetusta Gadir, hoy Cádiz, que mantenían una intensa y fructífera actividad comercial con unos moradores nativos de los lagos interiores formados por las desembocaduras de los ríos Guadalquivir y Guadalete y sus comarcas aledañas, de los cuales desconocemos su adscripción étnica, ni siquiera sabemos como se llamaban a sí mismos.Fueron los cosmógrafos fenicios y griegos los que acuñaron la expresión Tartessos para designar a este pueblo formado por individuos altamente especializados en el tratamiento de los metales, de naturaleza esencialmente apacible, cultivada y permeable a los usos y modas provenientes de otras culturas allende el mar interior.Su mítico y longevo monarca Argantonio, emblema de la sabiduría y la prosperidad, sigue envuelto en el mismo halo de misterio que, rozando el mito, cubre la civilización tartésica.Aunque algunos hallazgos arqueológicos realizados durante el siglo pasado parecen confirmar la existencia de una civilización que demuestra virtuosismo en el trabajo de metales preciosos como el oro, la plata y el bronce, así como una constatación de la existencia de intercambios comerciales con griegos, fenicios, egipcios y hebreos.El tesoro de El Carambolo y el yacimiento de Tejada la Vieja atestiguan la depurada técnica metalúrgica de un pueblo volcado en la minería que se agrupaba en núcleos urbanos en cuyas edificaciones palatinas se percibe un poderoso influjo orientalizante, como en el complejo de Cancho Roano.

Dentro de la constelación divina que recogía las devociones del pueblo tartesio, el toro ocupaba un lugar preferencial.A imitación de sus vecinos gadiritas, Tartessos adoptó el culto a una deidad análoga al Melkhart fenicio, una de cuyas iconografías lo representa como un toro.El sacrificio ritual de un toro consagrado a la deidad se convertía en una manifestación pública de la devoción generalizada del pueblo tartesio.Aunque, a diferencia de otros cruentos sacrificios, al toro, por personificar al Dios mismo, se le brindaba la oportunidad de defender su vida antes de ser inmolado y ofrecida su sangre para obtener el favor del Dios.Los burladores de toros actuaban en cuadrilla para festejar al toro mediante cabriolas, escorzos, carreras y danzas rituales, antes de inmovilizarlo, momento en el que, recitando previamente una fórmula reverencial, el elegido procedía sumariamente a la consumación del sacrificio que era masivamente celebrado por la multitud congregada para tal evento.

Avancemos nuevamente el reloj del devenir histórico y contemplemos hoy, tres mil años despues de la celebración de una ceremonia pagana, como persiste entre nosotros la afición por el sagrado sacrificio del toro de lidia.La corrida es la conversión profana de un antiquísimo rito religioso que tiene al toro y al ser humano como protagonistas, uno frente al otro, supuestamente en igualdad de condiciones.Normalmente, aunque algún malogrado torero ha pagado con su vida la osadía de desafiar al altivo astado, la sangre que se suele derramar es siempre la misma, la del predestinado toro de lidia.

Jesús Maeso de la Torre recrea con todo lujo de detalles en su novela Tartessos una fiel escena de lo que pudo ser una de las primeras corridas de toros de la historia nacional.Y aunque resulta enternedor hasta cierto punto que tal tradición haya pervivido hasta nuestros días, me decanto por otro tipo de corridas.Al final, la diferencia sólo estriba en la naturaleza y el color de la ofrenda.El rojo es demasiado chillón, para mi gusto.

Saludos.

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4 Comments:

Blogger patri said...

yo no soy ni pro, ni contra...más bien me has recordado a mi madre, cuando cada tarde a las 17.00hras se sentaba a ver los toros...que recuerdos! Un abrazo.

7:17 p. m., febrero 25, 2007  
Blogger Galufante said...

Patri:

Eso es porque por tus venas ya no corre sangre tartésica...A que tu madre es oriunda de Godolandia???

Agur.

6:27 a. m., febrero 26, 2007  
Blogger Peggy said...

la verdad alguna influencia cretense tendria tartessos , mas que nada cuando este concepto es una cultura muy influida por corrientes mediterraneas foraneas ....kiss:) el culto ala tierra y al toro tipico del neolitico ...creo que desde mesopotamia UR ....

11:24 a. m., marzo 02, 2007  
Blogger La Dama Blanca said...

me gustó ese libro.

encontrar tu blog ha sido un descubrimiento.

suerte

7:38 p. m., marzo 15, 2007  

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